Normalmente viajamos no por necesidad, sino por puro placer. El placer de experimentar cosas nuevas o al menos, diferentes. Ese placer es adictivo y puede llegar a convertirse en una necesidad. Se podría decir que ese es mi caso. Empecé a viajar por el mero hecho de llegar a ríos interesantes, atraído por espectaculares y exigentes rápidos de lejanos ríos, diferentes a los que podía disfrutar en casa.

Alrededor de esos ríos haciendo kayaking empecé a descubrir nuevas culturas y paisajes espectaculares; Empecé a disfrutar de la soledad de los lugares inaccesibles y de la incertidumbre que generan los paisajes desconocidos. Me di cuenta de que el kayak me permitía disfrutar de todo eso de una manera especial, le da un sentido al viaje, un objetivo. No es solo ir a un lugar y verlo, es adentrarse en sus profundidades y muchas veces enfrentarse a exigentes retos de los que pocos tenemos la suerte de poder disfrutar. Y por si fuera poco, nos une a gente de otros lugares con los que, lejos de lo que me podía imaginar, compartimos muchas cosas, pero yo sobre todo una, la pasión por la aventura y el kayak, creando un vínculo entre las personas que de otra forma es difícil que surgiera.

En la península tenemos buenos ríos para hacer kayaking, suficientes para poder disfrutar de nuestro deporte y poder alcanzar un buen nivel. Pero yo encuentro placer en lo desconocido, y para ello hay que irse lejos, cada vez más, según pasan los años. A estas alturas se ha convertido en necesidad.

La Patagonia ha sido siempre un lugar mágico para mí. Fui por primera vez allí hace ya ocho años y pasé varios meses viviendo en la zona. Se puede decir que aquí me hice un “hombre” en el mundo del kayak. Aquí descendí por primera vez un río desconocido, aquí hice mis primeros descensos de kayaking en solitario y aquí me di cuenta de lo que me gustaba esa sensación.

En los últimos años siempre he soñado con volver, pero por A o por B el camino me ha llevado a otros lugares. Este año soñaba con regresar y explorar unos lugares que desde hace tiempo tengo marcados en el mapa. La Patagonia es muy extensa e inaccesible en muchos lugares y aún quedan muchos ríos que no se han descendido nunca. Al final no salió la expedición porque mis compañeros de batallas tenían otros compromisos y tuve que cancelar esos planes. Aun así, he querido acercarme a la zona y disfrutarla de otra forma, sin objetivo claro, dejándome llevar.

Así caí en El Chaltén, en Argentina, paraíso del trekking y la escalada, donde todo sucede bajo la atenta mirada del monte Fitz Roy. Allí visité a viejos amigos y me relajé por varios días. Entre asado y asado, intercalé algunos trekkings con descensos de algunos ríos de la zona, e incluso participé en el rescate de un accidentado que lamentablemente falleció en las exigentes y peligrosas paredes del Fitz. Pude explorar también algún río interesante, pero por desgracia demasiado exigente como para adentrarme solo haciendo kayaking.

Pero mi naturaleza me lleva siempre a las aguas bravas, y las más bravas y conocidas de la zona se encuentran en el país vecino, en Chile. Futaleufú es una de las mecas del rafting mundial y muchos de mis amigos pasan nuestra temporada invernal guiando en sus aguas.

A ellos me junté para disfrutar de unos intensos días remando en las fieras y cristalinas aguas del Futaleufú, en la que era mi primera visita a esa zona. Según pasaban los días el ambiente se fue animando y la motivación por remar aumentaba exponencialmente, por lo que no tardamos mucho antes de montar un grupo para salir de misión para el sur.

Aquí la temporada de rafting termina a finales de febrero y mis amigos no dudaron en dejar el trabajo unos días antes para embarcarnos camino al río Baker, a unas 7 horas de conducción. Nos juntamos dos vascos, dos catalanes y un mexicano. Un exótico grupo para un exótico río.

El Baker es el más caudaloso río de Chile y uno de los más conocidos del mundo de kayaking por la dificultad de sus grandes rápidos y la belleza del lugar. Rodeado de un paisaje estepario flanqueado por guanacos, este río nace del lago General Carrera, con aguas de color turquesa que se enturbian tras juntarse con el río Nef, éste de origen glaciar.
Aunque se encuentra en una zona poco poblada y salvaje, es un lugar de fácil acceso ya que se halla en el recorrido de la conocida carretera austral. Los rápidos son intensos por el elevado caudal del río, pero tiene líneas relativamente “sencillas” y no muy expuestas, por lo que es un buen lugar donde acostumbrarse a este tipo de rápidos de agua grande, eso sí, no es un buen lugar para fallar y salir nadando… Por suerte pudimos evitar tales males.

Pasamos tres soleados días de intensa vida kayakista, remando durante el día y acampando a la orilla del río por la noche, donde al calor de una hoguera cocinábamos y conversábamos sobre las batallitas del día. Puro lujo para la Patagonia.

Vídeo del Baker: https://www.youtube.com/watch?v=oKBpYKn6LKY&t=55s

El grupo se sentía fuerte y con ganas de aventura, y aunque la idea original era pasar varios días en el Baker, decidimos cargarlo todo de vuelta en el coche y partir más hacia el sur, hacia el río Bravo, cerca ya de Villa O’Higgins. Tras una noche de conducción y un ferry por la mañana, nos plantamos casi al final de la Carretera Austral, en un paisaje totalmente diferente, de espesa vegetación, fiordos y glaciares.

El río Bravo nada tiene que ver con el Baker. Es un río menos caudaloso, de agua gris lechosa de origen glaciar, fría como el hielo del que proviene y muy turbulenta por la gran cantidad de grandes rocas que entorpecen el paso del agua en su escarpado recorrido.

Poco sabíamos de este río, yo ni siquiera había visto antes una foto del lugar, pero había oído hablar bien de él. No en vano se incluye entre la triple corona de los ríos del sur de la Patagonia, junto al Baker y el Pascua (este va a quedar pendiente).

También se encuentra al lado de la carretera, por lo que el acceso a su parte más interesante es sencillo. Por si acaso, tirando de precavidos, dejamos todos los víveres necesarios para acampar en la salida del río, conscientes de que en este tramo la carretera no es muy transitada ya que el único acceso es en ferry y solo salen cuatro al día, y sería complicado que pasara alguien cuando saliéramos del río, por lo que probablemente el autostop se pospondría al siguiente día. Y acertamos…
Entramos al río con la prudencia de quien no tiene claro dónde se está metiendo, pero sabiendo que el recorrido, en principio, era seguro. Esta vez el río resultó ser más exigente de lo que cabía esperar. El caudal alto por los calores de esos días, sumado a la continuidad y dificultad de los rápidos, nos pilló desprevenidos y tuvimos que dar nuestra mejor versión como kayakistas para flanquear los primeros cañones.

Descendimos arriesgando lo mínimo, buscando las líneas más seguras y minimizando riesgos, conscientes de que algunos nunca habían remado antes en una sección tan complicada. Es lo bonito de este deporte, que el éxito de un descenso depende del trabajo y buen hacer de todo el grupo, aunque al final, claro está, nadie rema por el otro.
Pero el estrés tan solo duró unos kilómetros y en la segunda mitad de los 25kms del recorrido el río se relajaba considerablemente, aunque ganaba en calidad paisajística.
Así nos anotábamos un río inesperado en un principio y regresábamos a Futaleufú exultantes tras el éxito en nuestras aventuras del sur.
Sin tiempo para más, me toca agarrar el colectivo y cruzar de nuevo la frontera, esta vez hacia Bariloche, desde donde emprendo mi regreso a casa. Han sido unas intensas semanas de muchas y variopintas aventuras, buenos momentos con amigos y una gran dosis de kayak. De eso iba la cosa, ¿no?

Lo dicho. Puro placer.